Se va el 2020 y en Europa no hubo grandes sorpresas en los torneos: monopolio de los equipos ya conocidos y perpetuidad de campeones en las ligas. Eso sí, hay dos galardones para entregar a mejor y peor año: el Bayern Múnich se lleva la gloria, y el Barcelona los problemas.

La pandemia del coronavirus también puso en jaque a algunas ligas que tuvieron que tomar decisiones más estrictas, como los casos de los Países Bajos, Bélgica y la propia Francia. Fuera de eso, las otras competiciones se reanudaron y en pocos lugares se dieron las sorpresas de los campeones.

Mientras la Eredivisie se declaró desierta y sin campeón por la pandemia, en Francia la Ligue 1 se la quedó el club parisino por ser el mejor posicionado -con mucha holgura- en la tabla de posiciones. Por su parte, los bávaros ganaron la Bundesliga con 13 unidades de diferencia; el Real Madrid le ganó el mano a mano al Barcelona por LaLiga y el Liverpool gritó campeón con 18 puntos de diferencia respecto del Manchester City.

La lógica marca que no hubo grandes modificaciones al cronograma habitual de campeones. Las grandes potencias liderando la competencia, mientras que el resto de los equipos inflan las ligas y se pelean por poder estar en las ediciones de copas internacionales. Uno de los ejemplos es Sevilla, que volvió a reencontrarse con la Europa League tras vencer al Inter de Lautaro Martínez.

Quizás las novedades estuvieron en la Champions League, donde luego de seis años el Bayern volvió a ganar la edición tras imponerse ante el PSG y previamente generar una catástrofe futbolística con la abultada victoria por 8 a 2 frente a Barcelona. Un cotejo de 90 minutos que luego trajo un desenlace dramático para los catalanes, donde Messi estuvo a un paso de irse del club y terminó exponiendo una problemática dirigencial que terminó con la salida de Josep María Bartomeu.

Messi-Gate

La derrota con los bávaros dolió y mucho. Nadie puede negar que dejó secuelas para lo que finalmente vino. Sin embargo, fue la milésima faltante para que explote una bomba que todavía tiene consecuencias en Barcelona. Hablamos de una institución acéfala de poder y con un presidente destituido por la voluntad popular de los socios. A eso se le suma la fragilidad económica con cuentas que no cierran y un estado de alerta por el futuro, donde no descartan que pueda darse una intervención política.

Jugadores incómodos, plantel caro pero de poco vuelo y promesas que nunca terminaron de explotar como se esperaba. Todo esto sumado a que el Barcelona partido tras partido y técnico tras técnico pierde su identidad futbolera que reside en la cantera. Ya no hay wines, no hay autoridad en el campo y reconvertirse es un precio muy caro de pagar para los técnicos que no quieren perder su pellejo. Porque la pérdida de identidad existe, pero nadie se animó a hablar de otra filosofía para contrarrestar lo que no funciona.

Y allí está Messi, desde la soledad absoluta de la falta de fútbol y ante un reloj que permanentemente le marca la edad. A eso se le suman los problemas externos con el fisco y las propias peleas que tuvo con varios directivos que con la salida de Bartomeu terminaron de salir a la luz.

“Estoy harto de que siempre me pongan a mí como el responsable de todo”, dijo hace poco cuando volvió de jugar con la Selección Argentina y se rumoreaba de una mala relación con Antonie Griezmann.

Todo esto incluso fue posterior al burofax, donde la Pulga pidió expresamente que cumplan con el contrato y le permitan salir del club. Y tras negociaciones y mucha rosca de por medio, finalmente la directiva ganó la última batalla que la salvó del papelón: ser la dirigencia que le diera los olivos al mejor jugador de su historia.

Con el ciclo de Koeman tampoco se lo nota contento al Diez, y de hecho en el campeonato local se está haciendo muy poca fuerza, a diferencia de la buena fase de grupos por UEFA Champions League. Se podría decir que su futuro es una incógnita, aunque a juzgar por su acción de querer salir y el mal andar deportivo e institucional, no sería descabellado pensar un 2021 sin Messi en el Barcelona.

Imperio bávaro

Al menos un pequeño sector alemán disfrutó los éxitos futboleros que no se condicen con la realidad sanitaria. Alemania es uno de los países muy afectados por el virus y las autoridades tomaron serias restricciones para la población. Y a pesar de esto, los de Hans-Dieter Flick lograron la triple corona con la conquista de la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Champions League.

La liga por momentos fue una dura pelea frente al Borussia Dortmund, pero los bávaros se hicieron fuertes y le ganaron el mano a mano, sumado a que luego no dejaron ningún punto en el camino. Luego, el trayecto por la Copa de Europa fue con goleadas al Chelsea en octavos (global 7 a 1), a Barcelona en cuartos (final 8 a 2) y a Lyon en semifinales (final 3 a 0); mientras que frente al PSG gritó campeón con victoria por 1 a 0 con gol de Coman.

El team de Múnich demostró ser el mejor porque logró restaurar la lógica alemana de un fútbol extremadamente físico con jugadores muy dotados desde lo técnico. Capacidad para asfixiar en la mitad de la cancha y contundencia para atacar con mucha gente en campo rival. Contra el propio equipo catalán no era candidato, pero aún así decidió jugar de igual a igual y corrió riesgos. Y a eso se le suma la contundencia implacable de Robert Lewandowski, que fue nominado por FIFA como el mejor jugador de 2020.

Lo curiosos de todo esto es que, a pesar de este triplete, muy difícil de conseguir para cualquier equipo del mundo, recaudó €52 millones menos de ingresos. Evidentemente fue un año que incluso con las glorias deportivas no se pudo dejar de lado el efecto colateral por la pandemia del coronavirus. La triple corona festejada entre poca gente, pero con la frente alta por una temporada de lujo.