"A Toresani, que no existe, que le pregunte a Lamolina si yo le dije que no lo eche. Lo vuelvo a repetir, a Toresani: lo espero en Segurola y Habana 4310, 7mo piso y vamos a ver si me dura 30 segundos", cuando Diego Maradona, con las pulsaciones a mil, rodeado de Claudia y Charly García, que por algún motivo hoy inentendible estaba allí en las horas posteiores al Boca-Colón que marcó el regreso de Diego a Boca, pronunció estas palabras acuñó otras de sus frases que pasaría a la posteridad.

Desde ese momento, siempre que alguien quiere invitar a pelear a alguien o marcar que está enemistado, lo invita a "Segurola y Habana". Lo que Diego no sabía en ese momento, en realidad nadie lo sabía, es que en esa frase, en esas pocas palabras, Diego acababa de dar las coordenadas de lo que sería el altar genuino, 100% maradoniano, sólo entendible en nuestro código, una vez que se consumara su muerte.

Es que "Segurola y Habana" es una referencia bien argentina y maradoniana. No es la cancha de Argentinos, la de Boca o Napoles, referencias ineludibles a la hora de hablar de Maradona. Incluso, el Estadio Azteca entra en esa categoría. Pero "Segurola y Habana" no. Segurola y Habana es un reducto maradoniano, un lugar que sólo comprende ese código y, que, al ser así, excluye a gran parte del mundo. Y eso, en cierta manera, también se siente bien.

 

 

Primero, fue una flor pegada con cinta al caño que demarca ambas calles, apenas minutos después de conocida la noticia. Después, llegó otra. Y otra, y otra más. Y papeles, y cartas, y ofrendas. Y en la mañana de este sábado, se dio a conocer una intervención, mediante la cual se cambió la calle Segurola por "Diego" y Habana por "Maradona" y la altura de las calles, pasó a ser "1960-infinito". Eso no hizo más que reafirmar el lugar que será una fija para los maradonianos de ley, el inicio de un altar que vaya a saber uno hasta dónde escalará. 

Ya en la tarde del sábado, después de la lluvia, había algunas decenas de personas. Familias enteras, nenes en bicicleta, camisetas de Napoli, Boca, River, de otros equipos y, por supuesto, de la Selección Argentina de fútbol. También había móviles de televisión, claro. Y los autos que pasaban lo hacían o tocando la bocina o bien, ya previendo que iban a pasar por allí, venían con "La Mano de Dios", de Rodrigo o "Para Siempre"; de Los Ratones Paranoicos a todo volumen. Y generaban algún que otro aplauso, en un lugar dónde mayormente imperaba el silencio, alguna lágrima callada y algún comentario, sobre todo, de los mayores hacia los menores.

Tapabocas tan variados como las camisetas, ojos enrojercidos, otros llorando. Alguien le acercó unas flores arrancadas de algún cantero y se tomó la cabeza. Otros sacaban fotos. Hay un corazón de peluche que reza "Te Amo". Una hoja en el piso, escrita con birome negra, que sólo dice dos palabras: "Gracias Diego", todo en mayúscula y escrito con la urgencia de quién sólo busca entregar un mensaje sincero, desde el corazón. Flores y rosarios adheridos al palo, stickers de Diego con la camiseta de Argentina y de Boca. Y un desfile de gente incesante.

En un momento, el rociador de la casa de la esquina se activó. "Este es poco maradoneano", comentó alguien con sorna, porque el agua empezó a salpicar a los que estaban ahí cerca. "Bueno, se va a tener que acostumbrar, porque acá vamos a venir todos los días", dijo otro dejando claro que en esa intersección, que entró a la mitología maradoniana luego de un partido del torneo local, la historia recién empieza. 

Cuando este cronista abandonaba el lugar, después de tomar las fotos que acompañan este artículo y de ver con sus propios ojos el nacimiento de un altar 100% maradoniano erigido en memoria del D10s Pagano del pueblo argentino, se cruzó con un padre, ya emocionado, con una flor en una mano y su hijo, también con la camiseta de la Selección, pero en en este caso suplente, de la otra. Adonde iban era obvio. A la intersección de "Diego" y "Maradona", ex Segurola y Habana.