Ha muerto Diego Maradona. La noticia es triste, fea, y en este momento, intolerable. El mundo llora la despedida, la muerte de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. No hay muchos en esa lista: Pelé, que ya vía redes sociales le dijo “ojalá nos encontremos y juguemos un partido allá arriba”; Alfredo di Stéfano, ya fallecido; Johan Cruyff, ya fallecido; Leo Messi y Diego, que también fue saludado, entre otros, por Cristiano Ronaldo.

De todos los que nombré, ninguno amó más al fútbol que Diego. Diego gritaba todos los goles igual, contra Inglaterra en México '86, en una grabación de la banda The Golden Rocket o en un partido en el show de Videomatch, en el Showball o en un amistoso con amigos. Maradona amó al fútbol más que ninguna otra persona en el mundo, y yo creo que eso es lo que hoy todos sentimos a la hora de recordarlo. Se muere muy joven Diego, a los 60 años. Alguien dirá 'un año de Maradona equivale a diez de cada uno de nosotros'. Probablemente.

Pero ya el propio Diego nos había acostumbrado, malacostumbrado, a su inmortalidad, teniendo en cuenta, por ejemplo, aquel episodio de Punta del Este, otro más cercano en 2004, la vigilia en la Clínica Suizoargentina, esas recuperaciones milagrosas. Una de ellas, por ejemplo, cuando condujo 'La noche del Diez' apenas un año después de haber coqueteado con la muerte. En los últimos años, su estado de salud se había deteriorado. Se habían caído una por una esas barreras que lo habían convertido en inmortal, ya no se recuperaba fácilmente, y si uno compara aquel Diego de Sudáfrica 2010 como Seleccionador, con el de Rusia 2018, ocho años nada más, nota un cambio significativo. En los últimos cinco años se notó cada vez más.

Hace un año nos preguntábamos cuán saludable estaba Diego para dirigir en Gimnasia y Esgrima La Plata. Había una genuina celebración por su vuelta al fútbol, hay un dialogo hermoso con Julio Falcioni, diciendo 'el fútbol nos da vida'. Pero a Diego le costaba, incluso con algunas licencias lógicas de no ir a algunos entrenamientos, el día a día. Le costaba hablar, le costaba caminar... Y en su momento, por lo menos pusimos ese signo de interrogación, '¿está para soportar un ritmo de entrenador?'

Luego vino lo más reciente, la operación. El propio Diego antes caminando como podía y ayudado para recibir un premio, vestido por su patrocinador, el día de su cumpleaños, el de la reapertura del fútbol argentino tras la pandemia. Y... hoy murió. Nada, absolutamente nada de lo que en algún momento pudimos imaginar respecto de cómo iba a pegarnos, nada se pareció a lo que estamos viviendo. Todo quedó chico, quedó corto. El impacto es mundial: Inglaterra, la Federación Inglesa, Manu Ginóbili, Juan Martín del Potro, la ATP, Cristiano Ronaldo, Nalbandian, Drogba... el fútbol y muchos deportistas que practicaron su disciplina en el alto rendimiento quedaron magnetizados con lo que hizo Diego, hoy comparten su tristeza.

Quédense tranquilos, sommeliers de emociones ajenas. Sabemos que no se murió un santo, lo entendemos. Simplemente hacemos una evaluación sentimental, incluimos esas decisiones, actitudes cuestionables y, aun así, por amplia mayoría, por escandalosa mayoría pesa el dolor, la tristeza y la pérdida de una persona que amó y practicó un deporte como ninguno, y que nos hizo muy felices, a los argentinos por esa obra de arte llamada México 86, creo yo la mejor expresión individual de un deporte colectivo que pudo haber ocurrido en la historia de los deportes profesionales.  Nadie practicó un deporte de equipo como lo hizo Maradona en México 86, algo que provocó la admiración de todo el mundo y, además, el amor eterno de los argentinos porque la Argentina salió campeona del mundo, gracias a un gran equipo y a esos aportes de Maradona.

Pero otros, que no tienen ese vínculo patriótico, y que incluso lo sufrieron como Gary Likener, hoy comentarista, integrante de la Selección inglesa, goleador en México 86, también lo saludan con respeto y admiración. Ahí está la razón mundial por la cual muchísima gente está triste y pide por favor que le permitan expresar su tristeza. Habíamos dicho que lo manejaba una pandilla dispuesta a exprimirlo hasta la última gota.

Algunos dirán 'pero es grande Diego', ¿saben qué? En los últimos dos, tres años, fueron muy pocas las decisiones que pudo tomar, a partir del estado de salud que tenía. "Yo con Diego voy hasta el fin del mundo, pero con Maradona no voy ni a la esquina", dijo varias veces Fernando Signorini, su preparador físico personal de mucho tiempo, y Diego le contestó que Maradona era una construcción que había hecho para proteger a Diego, al ‘Pelusa’. Esa frase, quizás explique mejor que cualquier otra, por qué convivieron Diego y Maradona en la misma persona.

Me sigue causando gracia esto de Maradona jugador, Maradona persona. Todos somos uno, somos imposibles de fragmentar, pero en todos nosotros convive un Diego y un Maradona. el tema es que la convivencia de Diego fue pública, permanente, intensa, por momentos insoportable. Hoy, 25 de noviembre de 2020, un año inviable, imposible, ha muerto Diego Maradona. El mito ya había nacido, la leyenda también. Diego nos había acostumbrado a que, pasara lo que pasare, él no se iba a morir. También por eso, no por lo inesperada, pero sí por el hecho consumado de ¿vieron? Tampoco era inmortal.

Nuestros hijos, que nunca lo vieron jugar, hoy están tan tristes como nosotros, porque como padres logramos transmitirles lo que significó Diego en nuestras vidas. Me quedo con una frase que José Mourinho dijo en un documental sobre Bobby Robson: "Una persona termina de morirse cuando se muere la última que lo quiso". Si uno toma en cuenta esta frase, y considera que a Maradona lo quiere gran parte del planeta, los que lo vieron jugar y los hijos y los nietos de los que lo vieron jugar, la certeza es implacable: Diego Maradona no se va a morir nunca.

 

La editorial fue emitida en La Tarde de CNN, de CNN Radio - Por Juan Pablo Varsky (@VarskySports - @JPVarsky)