“Mirá que mañana te quieren acreditar para ir al velorio eh, ¿vos estás?”, fue el mensaje que había recibido ayer cuando todavía no terminaba de procesar lo que pasaba: se había muerto Diego Maradona. Las sensaciones previas a la jornada de trabajo fueron una mezcla de nervios con el entusiasmo de poder cumplir con la tarea: mostrar a toda la “liturgia maradoniana” en su última gran ceremonia.

Todas esas mezclas que me revolvían el estómago y el cerebro se disiparon cuando finalmente puse el primer pie en una ya agitada Plaza de Mayo, que tenía una larga fila de fanáticos que se chocaban con los escudos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, que no tuvo un buen inicio en su accionar.

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No pasaron ni las 7 de la mañana y el ingreso para despedir al Diez era un caos con botellazos de un lado y palazos del otro. En esa compulsa del “agite”, las vallas se fueron al diablo y se perdió el cierto criterio organizativo, si es que había. Personas corriendo y asustadas por los golpes y las disputas, se apartaron de su lugar de “privilegio” para dar el último adiós. Incluso muchos de ellos decidieron resignarse de un nuevo intento. “Por un séquito de pelotudos pagamos todos los boludos que estuvimos desde la noche haciendo la cola para despedir al más grande de todos. A mí me cagaron el día”, me manifestaba un hincha muy furioso y dolido por el primer incidente.

Las primeras declaraciones de una mañana agitada en Casa Rosada

Posteriormente, y con cierto grado de lógica, la policía porteña hizo retroceder a toda la fila y generando varias instancias de controles con tandas de 30 a 40 personas, con la utilización obligatoria de barbijo y el descarte de bebidas alcohólicas, entre otras medidas. En cuanto a la mascarilla, me tocó ver un gran gesto de grandeza en mucha gente que ofreció voluntariamente su barbijo a muchos hinchas que estaban a metros de ingresar a la Rosada, pero que no podían hacerlo sin cumplir las medidas sanitarias.

Esa dinámica de control-cacheo y fila ordenada se dio de ahí en más hasta aproximadamente las 14, mientras en el interín se acercaban los puesteros de comida, prendas, carteles y banderines. Porque claro, Diego tiene la grandeza de ayudar a los más necesitados, incluso padeciendo su muerte. Miles de personas consumiendo y los pequeños vendedores con una pequeña sonrisa. ¿Le habrán agradecido internamente a Maradona por tener esta oportunidad en tiempos donde es difícil conseguir hasta una changa?

Lo concreto es que hasta ese momento reinaba la normalidad, los hinchas iban pasando y despedían a su ídolo, y posteriormente daban la vuelta por el Palacio de Gobierno y se retiraban por Avenida Rivadavia. Y por supuesto, lo que se apreciaba era un gran acontecimiento nacional (también latinoamericano), popular, policlasista y emotivo. Desde señores con traje y señoras con vestidos muy elegantes a un simple muchacho en ojotas y con la camiseta de algún club de fútbol. Porque Diego también fue eso, tuvo la capacidad de “desagrietar” a aquellos que no tenían nada en común, más que su devoción por su capacidad futbolística.

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El problema vino cuando ya se acercaban las 16 horas (horario donde finalizaría el velorio para el pueblo) y todavía quedaban 10 cuadras desbordadas de hinchas que querían despedirse. Sumado a eso, hubo una decisión de la Policía de la Ciudad para cerrar los accesos, situación que trajo mucho malestar en las calles del Obelisco y que terminó con un cruce entre admiradores de Diego, oportunistas y los efectivos de Seguridad.

A todo eso también se le sumaba la presencia de la barra de Gimnasia, que hizo su ingreso por la calle Reconquista entonando el himno, la marcha peronista y canciones dedicadas a Maradona. Posteriormente intentaron adelantarse unos metros más que los que ya venían haciendo fila y eso terminó generando mucha discordia.

Con ese clima, las especulaciones eran las de extender el velorio para que todos puedan saludarlo, pero entonces muchos oportunistas (y sinvergüenzas) ingresaron al Patio de las Palmeras de la Rosada, con la presencia misma del Presidente Alberto Fernández, que pidió que haya calma en varias oportunidades.

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A eso se le sumaron algunos conflictos en las filas con las vallas y empujones que venían desde atrás. El enojo fue tal de muchos hinchas que llegaron a cantar “respeto al Diego la puta que lo pario”. Sí, hay que decirlo, por un momento, la consigna no era “despedir a Maradona”, sino ser “yo el que tenga el privilegio de despedir a Maradona”.

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Con lo del Patio de las Palmeras y el clima delicado para los accesos, los escalones principales de la Casa de Gobierno estaban custodiados por una importante cantidad de efectivos de la policía porteña. El mensaje parecía ser claro: ya no hay lugar para despedir a Pelusa. Pero la gente siguió insistiendo y decidió acercarse a la propia Plaza de Mayo y su zona céntrica, trepándose a las rejas y al propio monumento al General Manuel Belgrano.

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Pero la lógica ya no era ingresar en sí. Luego de todo ese conflicto y las diferencias, el “pueblo maradoniano” se abrazó en cánticos con reiteradas canciones como “el que no salta es un inglés” y “que de la mano, de Maradona, todos la vuelta vamos a dar”.

Y finalmente llegó el momento de la salida de Diego al cementerio de Bella Vista, donde se reencontró con Doña Tota y Don Diego, a quienes extrañó muchísimo en vida. Con algún pequeño incidente de por medio, el auto fúnebre tomó su curso y la gente lo despidió con un enérgico “¡GRACIAS DIEGO!”.

Es cierto que se cometieron desprolijidades, y que las mismas fueron potenciadas por irresponsables e inconscientes. Eso sin mencionar el desmedido uso de la fuerza por parte de la policía, siendo que había criaturas de por medio. Pero ojo, no hay que mezclar los tantos, los percances integraron tan solo una minúscula parte del inmenso e inolvidable homenaje que recibió Diego Armando Maradona, el último gran diez que tuvo el fútbol argentino y mundial.

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